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El Ego Sin Rima

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"¿Es usted John Wayne, o soy yo?".

El Ego Sin Rima

"Relato de un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa."
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Estamos en Obras

 

Pido disculpas por tener descuidado mi blog durante al menos 2 meses, demasiadas cosas para mi, pero sigo por aquí y con ganas pero sin apenas tiempo. Ahora espero poder renovar ideas y darle un  buen limpiado a mi humilde blog que ya tiene un poco de polvo. Además tengo una sorpresilla que seguro os gustará, un saludo a todos y gracias por seguir por aquí.

 

 

enobras

 

 

 

Moisés y sus Tablas...

 

Dios se enfada... ¡otra vez! Y llama a Moisés:   -¿Qué pasa con mi pueblo? 

Moisés contesta:

-Dios, han perdido la fe... Es normal, somos humanos... Cuarenta años en el desierto ha sido demasiado.

-Sí, es verdad, se me ha ido un poco la mano. Cuando vives una eternidad no te das ni cuenta y ya han pasado cuarenta años. Mira, abriré mi corazón al pueblo de Israel, mi pueblo elegido, y le daré una última oportunidad: os voy a mandar diez leyes divinas, diez mandamientos para guiar vuestras vidas, y si aceptáis respetarlos os llevaré a la Tierra Prometida. ¡Pero sino, se acaba todo y mi venganza será devastadora!

-Por supuesto, Don Corleone, ya he entendido la advertencia. 

Y en ese momento se abre el cielo, un rayo láser cae sobre la tierra y empieza a escribir sobre dos piedras.  

-¡Qué tecnología, por Dios!

-La tecnología no importa, fíjate en las leyes.  

Moisés coge las Tablas de la Ley y baja a donde está el pueblo judío, pero todo ha cambiado, y ya no es un campamento, es una macro-discoteca llamada “El Becerro de Oro”. Residente, D. J. Josué.  

En la entrada hay un portero con un walky talky.  

-Soy Moisés, quiero entrar. Tengo un mensaje importantísimo de Dios.

-Lo siento, tengo órdenes de no dejar entrar a nadie.

-¡Conozco al D.J.!

-Vale, entra.  

Dj Josué

 

Empieza una discusión de varios días entre Moisés y el pueblo judío y, por fin, la tesis del viejo sabio prevalece, y el pueblo de Israel vuelve a amar a Dios y Dios es feliz... Y Dios le dice a Moisés:

-Os voy a mostrar la Tierra Prometida, la tierra de Israel.

-¡Gracias, Dios, gracias!  

Moisés contempla con entusiasmo la tierra de Israel y sus ojos se llenan de esplendor. Pero, de repente, le entra una duda y le dice a Dios:

-¿Todo esto es nuestro?

-¡Sí, Moisés! Esta es la tierra que he prometido a mi pueblo.

-Pero hay un problema, Dios.

-¿Qué problema?  

-Bueno, es que desde donde estoy, mirando bien, veo que al otro lado del río ¡hay gente en nuestras tierras! Y no sólo hay gente, ¡hay mogollón de gente! ¡Menudo regalo! Está tope llena. Hasta hay ciudades enteras. Y no pequeñas... Mira ahí abajo Jericó, y más allá Jerusalén, Hebrón... Y por ahí Nazaret y Tyra ¿Qué coño vamos a hacer? ¿Adónde podemos ir?

-Esa es la tierra que he regalado a mi pueblo –repite Dios.

-¡Pero esa gente se va a enfadar! ¿Qué podemos hacer?

-Esa es la tierra que yo he dado a mi pueblo.

-¡Pero, pero...!

-Esa es vuestra tierra, y basta

-Lo sé, Dios, pero... ¿lo saben ellos?

-Sinceramente, me da igual, eso es asunto vuestro. Yo os la he regalado y ya está. No tengo que justificarme. ¡Es mi vídeo-juego y hago lo que me apetece!  

El pobre Moisés empieza a desesperarse. Él conoce todos los pueblos de por allí, gente respetable. Jericó, por ejemplo, ya tenía tres mil años antes de la llegada del pueblo judío bíblico.  

Moisés, obsesionado, vuelve a preguntar cómo puede arreglarse el problema y, antes de que Dios le conteste, cae muerto. Una gran putada para el pobre Moisés, porque mueres in saber cómo acabará todo el asunto.  

Sin perder tiempo, se nombra un nuevo líder máximo del pueblo de Israel. Se llama Josué.  

Os voy a leer textualmente este pasaje que sigue ala nuncio del general Josué de que han caído las murallas y que tiene a la población entre sus manos.  

Respuesta de Dios:  

-Ahora que las murallas de Jericó han caído, hay que pasar sin piedad por el filo de la espada a todos los hombres, mujeres, ancianos, niños, infantes y bebés de la ciudad. También hay que pasar por el filo de la espada a todos los animales.  

No se dice por qué hay que matar a los animales pero otra vez pagan el pato.  

¿Qué había hecho la gente de Jericó para merecer esto? Nada. Estaban en su ciudad tan tranquilos, sin buscarse guerra ni intentar ninguna agresión contra los judíos.  

Matanzas sin razón, sólo por la voluntad de Dios. El Viejo Testamento hace apología del terrorismo. Es un libro peligroso que no hay que dejar al alcance de los niños. Si Dios, o Jahve, viviera hoy, sería llevado al tribunal de La Haya por crímenes contra la Humanidad: “Señor Jahve, póngase en pie ante la Corte para la lectura de la acusación, y por favor no apunte con el dedo cuando conteste a las preguntas...”.  

Imagínate que se pudiera cambiar la Biblia. Imagínate que Josué hubiera cambiado su papel y dicho:  

-Nos sorprende, Dios, que usted nos pida cumplir semejante crimen. Precisamente esta mañana, con nuestros rabinos, hemos vuelto a leer los diez mandamientos y nos hemos fijado especialmente en el quinto: “No matarás”. Esa orden de llevar  acabo una matanza va contra su propia ley, que es perfectamente clara y genialmente breve. No matarás y ¡punto! No está escrito “No matarás, pero si puedes cargarte a todo sesos hijos de puta que viven en Jericó”. Como consecuencia de esta lectura, hemos llegado a la conclusión de que usted es un tramposo. Y como no somos tontos, hemos decidido no matar a nadie y renunciar al regalo de la Tierra Prometida para no tener más líos con la gente. Volveremos al desierto.

 

Leo Bassi

 

3.000 Visitas

 

3.000 humildes visitas me contemplan, ¡Oh ¡ pueblo de Bloggers. Como ya sabéis cada vez que supero los mil, destrozo una obra de arte para agradecéroslo. Cuando supere los 2.000 fue el urinario de Duchamp al que le hice un Graffiti, esta vez le toca a la capilla Sixtina. (¿No notáis algo raro? ¿No era de otra manera? Uhmmm) Así que ¡Oh ¡ Bloggers del mundo, sacrifico esta obra de arte en vuestro honor, para que vuestra presencia siga inundando mi virtual espacio, Gracias y perdonad si últimamente no he podido  actualizar mucho pero he tenido que solucionar algunas cosillas, espero que os gusten los nuevos artículos y actualizaciones y buen verano. Cuidaos del sol, de las medusas y de la gente con sotana. Saludos.

   

El Ego Sin Rima

 

2 + 2 = 5

 

En cierta ocasión Bertrand Rusell daba una conferencia sobre la lógica en las matemáticas. En un punto dijo: "Contrariar sus reglas, sólo trae calamidades. Basta una premisa matemática falsa para poder probar cualquier disparate". En ese momento alguien del público se levantó, burlón, y dijo: "¿En serio? A ver, si 2 + 2 = 5, demuéstreme que yo soy el Papa..." Sin inmutarse siquiera, Russell le contestó:



Si 2 +2 = 5, entonces
5 = 4
Restémosle 3 y tenemos que
2 = 1
Si usted y el Papa son dos...
El Papa y usted son 1...
Por lo tanto, Usted es el Papa...

(Los aplausos inundaron la sala.)

 

 

 

El Eterno Solitario

 

Hace tiempo que quería hablar sobre un filósofo que me ha influido profundamente a la hora de comprender y entender la vida, así como en la manera de sentirla, actuar y establecer prioridades en la misma. Ese es Friedrich Wilhem Nietzsche. Sólo hay que pronunciar su nombre para que acto seguido se activen como por resorte automático una serie de tópicos detestables que parecen inevitables: O bien alguien lo vincula rápidamente con el nazismo, o el más avezado del grupo dice: “ese es el del superhombre” o “ese es el de Dios ha muerto”, a modo de coletilla o estribillo pegadizo ya desgastado y pasado de moda…

Quería hablar de Nietzsche como se merece, por eso estaba esperando el momento adecuado para hacerlo con tranquilidad y cuidado. Escribiré de vez en cuando sobre el filósofo alemán intentando sacar a la luz esa faceta no conocida y, por supuesto, menos tópica que la que los libros de texto de los institutos nos tiene acostumbrados.

 Es cierto que los palurdos, los exámenes de selectividad, la historia y unas cuantas leyendas oscuras sobre su persona han desvirtuado la imagen y la verdadera identidad del filósofo, por eso he rescatado un texto de Stephan Zweig de su libro “Lucha contra el demonio” donde retrata a un Nietzsche como lo describe la leyenda, “pintoresco”, pero también a un Nietzsche “real”.

“La imagen del hombre”, la imagen del eterno solitario...

 

DOBLE RETRATO 

 

El énfasis en el gesto no es propio de la grandeza; quien necesita del gesto, es falso... Desconfiemos de todas las personas pintorescas.

 

 

Imagen patética del héroe: veamos cómo lo describe la mentira marmórea, la leyenda pintoresca: una cabeza de héroe orgullosamente levantada; frente alta, surcada por sombríos pensamientos; los cabellos revueltos, como en oleadas; el cuello potente y robusto. Bajo sus cejas tupi­das, una mirada de halcón; cada músculo de su rostro está tenso de voluntad, de salud y de fuerza. El bigote a lo Vercingétorix, que cubre su boca áspera, y un mentón prominente nos recuerdan a un guerrero bárbaro, a in­voluntariamente surge el pensamiento de la espada gue­rrera y victoriosa, del cuerno de caza o de la lanza, al contemplar su robusta cabeza de león y su cuerpo mus­culoso de vikingo germano. Bajo esta forma de super­hombre, de antiguo Prometeo, ha sido representado por escultores y pintores ese gran solitario del espíritu para hacerle más comprensible a una humanidad no muy lle­na de fe, que es incapaz de comprender la tragedia si no la ve envuelta en el ropaje teatral, influida en esto por los libros de texto y por el teatro. Pero el auténtico trágico nunca es teatral; el verdadero retrato de Nietzsche es mucho menos pintoresco de como lo representan los bustos o los cuadros.

Imagen del hombre: un mezquino comedor de una pensión de seis francos al día, en un hotel de los Alpes o junto a la ribera de Liguria. Huéspedes indiferentes, la mayor parte de veces; algunas señoras viejas en small talk, es decir, en conversación trivial. La campana ha lla­mado ya a comer. Entra un hombre de espaldas cargadas, de silueta imprecisa; su paso es incierto, porque Nietz­sche, que tiene «seis séptimos de ciego», anda casi tanteando, como si saliese de una caverna. Su traje es oscuro y cuidadosamente aseado; oscuro es también su rostro, y su cabello castaño va revuelto, como agitado por el olea­je; oscuros son igualmente sus ojos, que se ven a través de unos cristales gruesos, extraordinariamente gruesos. Sua­vemente, casi con timidez, se aproxima; a su alrededor flota un silencio anormal. Parece un hombre que vive en las sombras, más allá de la sociedad, más allá de la con­versación, y que está siempre temeroso de todo lo que sea ruido o hasta sonido; saluda a los demás huéspedes con cortesía y distinción y, cortésmente, se le devuelve el sa­ludo. Se aproxima a la mesa con paso inseguro de miope; va probando lbs alimentos con una precaución propia de un enfermo del estómago, no sea que algún guiso esté ex­cesivamente sazonado o que el té sea demasiado fuerte, pues cualquier cosa de ésas irritaría su vientre delicado, y sí éste enferma, sus nervios se excitan tumultuosamente. Ni un vaso de vino, ni una jarra de cerveza, nada de alco­hol, nada de café, ningún cigarro, ningún cigarrillo; nada estimulante; sólo una comida sobria y una conversación de cortesía, en voz baja, con el vecino de mesa (como ha­blaría uno que ha perdido el hábito de conversar y tiene miedo de que le pregunten demasiado).

Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas; pero ni una flor, ni un adorno, algún libro ape­nas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos cami­sas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, mu­chas botellitas, frascos y medicinas con que combatir unos dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los espasmos gástricos y los vómitos, para vencer su pereza intestinal y para comba­tir, sobre todo, su terrible insomnio con cloral y veronal. Un horrible arsenal de venenos y de drogas, que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un cuar­to extranjero, donde no le es posible encontrar otro re­poso que el obtenido por un sueño corto, artificial, for­zado. Envuelto en una capa y una bufanda de lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos, sus gruesos lentes tocando casi el papel, escri­be rápidamente, durante horas enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego apenas descifrar. Durante horas está allá sentado escribiendo, hasta que los ojos le arden y lagrimean; una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se le ofrezca para es­cribir un rato, para ayudarle. Si hace buen día, el eterno solitario sale a dar un paseo, siempre solo con sus pensa­mientos. Nadie lo saluda jamás, nadie lo acompaña ja­más, nadie lo para jamás. El mal tiempo, la nieve, la llu­via, todo eso que él odia tanto, lo retienen prisionero en su cuarto; nunca abandona su habitación para buscar la compañía de otros, para buscar a otras personas. Por la noche, un par de pastelillos, una tacita de té flojo, y enseguida otra vez la soledad eterna con sus pensamientos. Horas enteras vela junto a la lámpara macilenta y humo­sa sin que sus nervios, siempre tensos, se aflojen de can­sancio. Después echa mano del cloral a otro hipnótico cualquiera, y así, a la fuerza, se duerme, se duerme como las demás personas, como las personas que no piensan ni son perseguidas por el demonio…

 

 
 
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